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Mi abuela Antonia tenía una despensa en la casa del pueblo.

Al final del pasillo, entre la cocina y el baño, había una puerta verde que daba a aquella despensa. Más que un cuarto con estanterías, aquello era un pequeño reino con olor a chorizo y magdalenas. Quizás alguien dirá que son dos cosas que no pegan. Pero a mí siempre me pareció que aquel era uno de los mejores olores del mundo.

Las cacerolas, la loza y otros utensilios extraños poblaban el lugar, ordenados atendiendo a la cosmovisión de mi abuela. Luego todos metíamos mano. – Que si voy a por una magdalena, que si quieres una rosca… Y todo aquello sin menoscabar, al menos aparentemente, ni la paciencia ni el orden de la abuela.

Yo era de las que entraban por entrar, por curiosear y toquetear aquello y después lo otro. Y a por magdalenas también, claro. Así que esta es mi despensa. Un poco como aquella, con magdalenas y chorizo, cacerolas y garbanzos.

Y ya que estáis en la despensa, pasad a ver toda la casa. Una web sobre el trabajo que realizo inventando y contando historias.

Y ya que estoy en la despensa, me gustaría dar las gracias a todas las personas que han colaborado en la creación de esta casa. En primer lugar a Veronica Fabregat de Meridiana Estudio, responsable del diseño de la web, que ha sabido captar y expresar el espíritu del proyecto con mucho arte y paciencia. También agradezco a Alfonso Romeo, Jose Bravo, Noelia Blanca y Noviembre Films sus imágenes. Cada una de ellas, a su manera, refleja un momento y una hermosa manera de ver el mundo.

Araceli García me ha echado una mano con la corrección y estilo de los textos porque es una amante de las palabras y un montón de amigos y amigas me han dado sus opiniones y ánimos durante todo este tiempo.

Así que muchas gracias a todos.

Gracias a mi abuela.

Dónde estaría yo sin su despensa.

 

Un abrazo,

Tània